Aquellos que hayan viajado recientemente a cualquier ciudad del mundo, se habrán dado cuenta de lo que se parecen las ciudades entre sí.
Podemos encontrarnos desde las típicas franquicias de ropa, el mismo tipo de comida, las grandes cadenas de hoteles, cafeterías o supermercados, que tienen el mismo sistema pero con nombres o etiquetas distintas.
Hay muchas ciudades que incluso parecen parques temáticos, como si se trataran de un producto más de entretenimiento y unas se van copiando a las otras.
Hay incluso ciudades que se han creado de la nada, sin historia previa. Las Vegas es un claro ejemplo de ciudad de cartón piedra, ficticia, convertida en un gran teatro donde el objetivo es entretener y ofrecer experiencias.
Es la victoria de la falsificación, la copia frente al original, que además no cierra nunca para poder seguir alimentando la sensación de falsa libertad a sus visitantes y ciudadanos.
La última de las ciudades en incorporarse a esta cultura de la ficción es “The Line” en Arabia Saudita. Se va a construir en pleno desierto y tendrá 500 metros de alto, 200 de ancho, 170 km de largo. Me imagino que una vez acabada, la ciudad tendrá el sello de la cultura internacional y podremos comprar lo mismo que en cualquier lugar del mundo.
Vicente Verdú ya nos habló en su día de la tendencia de nuestro mundo a la homologación. La diversidad es sólo en apariencia porque lo que abunda es lo idéntico, para que podamos comprar allá donde vayamos.
Esta uniformización que nos quieren imponer, podríamos decir que aplica tambien al ámbito social donde el diferente es etiquetado de raro, de asocial.
Lo que cuenta, como diría un marketiniano, es “impactar” y seguir entreteniendo al “personal” a pesar de que sus vidas no sean un mar de felicidad.
Si además esos productos que vemos por doquier, tienen su marca en inglés o han sido avaladas por alguna institución o por un sello americano, aunque no lo has oído en tu vida, mucho mejor, más copiable aún.
Catar, otro paradigma de la cultura de la ficción, nos mostró recientemente a ciudadanos del país, que no cataríes de origen, desfilando por las calles de Doha, ataviados con las camisetas y banderas de las distintas selecciones, como si de sus hinchas se tratara. La falsificación de hinchas es una prueba mas que para convertir el mundo en un gran supermercado, necesitamos homologarnos.
Hoy escuché a un fan de Argentina que tuvo que vender su coche, dejar su trabajo y pelearse con la novia con tal de ir al mundial a ver a su equipo. Su necesidad de ser “libre” y “feliz” por unos días, le va a confortar al menos por unos días hasta que tenga que volver a la cruda realidad.
El «pan y circo» es más necesario que nunca para entretener a las masas, para que sigan consumiendo, olvidando sus penas y sobre todo no protesten. Incluso si protestan ante una adversidad insoportable, el futbol estará ahí para amansar a los gobernados.
El sistema puede parecer insoportable, pero creo que se puede, y se debe, hacer un esfuerzo por salir del salir del “rebaño” de vez en cuando.
Creo que para discernir entre lo ficticio y lo real, tenemos que poner freno al ritmo que llevamos para poder pensar y reflexionar. Volver a leer, trazar nuestro propio camino y rodearte de gente sabia y que te recargue de positividad.
Ilustración: @davidplunkert
