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Habitamos en una sociedad hiperveloz, líquida, competitiva y excluyente.

Vivimos inmersos en una vorágine en la que el tiempo siempre es escaso y un valor primordial.

No podemos malgastar ni un segundo de nuestro tiempo. El multi-tasking está integrado en nuestra mente como algo aceptado, conveniente y acorde a nuestro tiempo.

Tiempo, que hemos fragmentado cual “reel”, para producir o rendir todas las horas, que el cuerpo y la mente nos permitan. “Vamos de vólido” o “no tengo tiempo”, son frases que oímos a diario. Están no sólo aceptadas, sino que son sinónimo de éxito…El estrés está aceptado como lo normal.

Nos extraña cuando alguien nos dice que está muy tranquilo y disfrutando de la vida. Enseguida nos cuestionamos su modo de vida y nos preguntamos si estará viviendo de rentas o tal vez del “aire”.

En esta fragmentación del tiempo, nuestra capacidad de atención es limitada y selectiva. Nuestra mente se ha acostumbrado a pensar en varias cosas a la vez, en hacer “scroll” mental y cambiar de un tema a otro, por la mera estimulación. Las redes sociales nos han enseñado a pasar pantalla constantemente y de manera cuasi adictiva.

La falta de atención es uno de los grandes retos de la sociedad actual. La gente no profundiza, sólo rasca. El continente, la forma, el titular ha vencido al rigor, a la profundidad y a la reflexión.

Es por eso que ya se habla de la capacidad de atención como del nuevo petróleo.

Lo peor es que los niños son ya hijos de esa “tweeterización” de la vida. Todo es rápido, multi-conexión, puro estímulo por estimulo. Aquello que va lento para ellos, les agota. Su capacidad de atención es muy limitada y sólo reaccionan con la experiencia. Es por eso, que, en su mayoría, se aburren en el colegio. Se han vuelto adictos a los hiper-estímulos efímeros que les aportan las redes sociales.

La velocidad es una constancia, que se ha trasladado a la mayoría de áreas en la sociedad. Este es el caso de la visita médica. El médico está sometido a criterios de tiempo. Sólo tiene unos minutos para ver a su paciente, porque el objetivo es la eficiencia económica y ver el máximo posible de pacientes.

Somos cada vez menos humanos y más virtuales, menos verbales y más escuetos en nuestras comunicaciones. Menos y más directo, es más. No hay tiempo que perder, aunque sea a costa de alimentar nuestras relaciones humanas. Todo ello pasa factura. Ya sea por ansiedad o frustración, los índices de depresión, trastornos y ansiedad están más altos que nunca. Nunca hemos tomado tanto ansiolíticos como ahora. Meros parches para seguir a pleno rendimiento.

Otro de los aspectos más desconcertantes de esta sociedad, es nuestra capacidad de etiquetar. Se busca el diagnóstico rápido para poder así parchear lo antes posible, y volver al rendimiento constante. La salud mental está en claro retroceso, y sin visos de mejorar en el futuro.

Queda claro que esta manera de vivir nos llevará irremediablemente a una suerte de catarsis colectiva, con el fin de depurar y volver a la esencia de cómo vivir y relacionarse de manera más auténtica.

Como dijo el cardiólogo Valentín Fuster, “debemos parar para crear”.  Debemos parar. Parar para reflexionar, conectar con nosotros mismos y retomar el camino desde otra perspectiva. De lo contrario, somos esclavos de nuestros pensamientos. La conexión con la naturaleza, la meditación, la socialización, la lectura pueden ser algunos de los remedios para para y poder conectar con quienes somos.

 

Ilustración: Gracias pawel_kuczynski1

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En esta sociedad frenética en la que vivimos, da la sensación de que necesitamos dosis de recompensa que nos sacie nuestras ansias de placer.

La dopamina es un neurotransmisor del sistema central y corresponde al centro del placer del cerebro.  Regula, entre otras diferentes funciones, la motivación y el placer.

Necesitamos o, quizá, mejor dicho, nos han inculcado la multi estimulación ya sea en forma de comida rápida, bebidas saciantes, la televisión, el alcohol, los videojuegos, el sexo, las drogas, las redes sociales, las compras, las apuestas y el juego… Nos hemos convertido en adictos en busca de nuestra dosis de dopamina.

Hoy en día, nos cuesta mucho estar sin hacer nada. El silencio se ha convertido un valor en sí mismo, ya que estamos acostumbrados a vivir con ruido y tareas múltiples.

Nos sentimos muy incomodos en silencio, sin estar estimulado y eso nos genera angustia. Como por ejemplo la angustia de ver a nuestro hijo un día sin la playstation o el móvil. En ese momento le viene el mono por no poder seguir consumiendo su «droga» favorita.

El mero paso del tiempo es angustioso y tenemos que colmarlo como sea, pero de manera estimulante y efímera. Tendemos a rechazar lo negativo y a estar solos, a pensar, a hacer pausas. Toda calma eso es un estorbo para una sociedad adictiva.

La dopamina no entiende de silencios. El problema es que estamos creando personas adictas, incapaces de reflexionar, que siguen el discurrir histérico de nuestro día a día sin pararse a pensar quienes son y a donde van.

El grado de ansiedad que provoca esta sobre estimulación va en aumento. Cada vez los contenidos ya sea de televisión o de cualquier otra cosa están pensado para provocar una estimulación inmediata para saciar nuestra sed. Sexo, violencia, muerte, rebajas sin cesar, juegos a todas horas…todo es valido y si puede ser, las 24horas para evitar sufrir el mono.

Una de las cosas que creo se debería hacer es una especie de ayuno de dopamina en el que pongamos en práctica la desconexión. Por ejemplo, apagar el móvil todo un día e irnos a pasar el día a la naturaleza. Otra medida, podría ser dejar el alcohol o desconectar la play durante un tiempo y escuchar que sensaciones nos provoca.

El cambio de hábitos tóxicos a saludables nos va a ayudar a ir dejando atrás nuestra ansia desmedida de dopamina. Pero para ello debemos primero darnos cuenta del problema y querer transformar esa realidad. Siempre se está a tiempo.

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