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Hace poco leí una noticia que decía que más de 2,5 millones de personas consumen psicofármacos a diario en nuestro país. En 2021, la venta de antidepresivos y ansiolíticos creció un 6 y un 4% respectivamente.

No sé por qué, pero no me extraña visto el ritmo de locos que llevamos.

El filósofo coreano Han califica la sociedad actual como de rendimiento como contraposición a la sociedad disciplinaria que había en la era industrial.

En la época digital o postmoderna lo que cuenta es el rendimiento, cueste lo que cueste. El trabajo ha totalizado todos los ámbitos de nuestra vida. Lo llevamos con nosotros a nuestra casa, a nuestra cama, a nuestras vacaciones.

El tiempo de trabajo es ilimitado y omnipresente. El resto del tiempo que nos queda es para vivir. Lo llaman la totalización o absolutización del trabajo.

Dice Han que ahora el hombre lucha contra un exceso de positividad. El no o lo prohibido de la sociedad pasada ha sido sustituido por el sí se puede. “Yes we can” como diría Obama es el lema actual. No hay límite. Además se desregulan muchas cosas que antes estaban prohibidas con lo que uno tiene la sensación de que la libertad es cada vez mayor. No hay mas limite que el que tú te quieras imponer.

Todo fluye, a velocidad de vértigo, todo es consumo y multi-tasking. La producción no puede parar para poder alimentar este deseo de novedad, de coleccionar, consumir.

Dicen que el «animal laborans” de hoy no es el super hombre del que nos hablaba Nietzsche, pero el ultimo hombre, el hombre flexible. Incapaz de decir no, donde su foco es seguir produciendo para poder alcanzar el reconocimiento. Se autoexplota de tal manera que no vive, o mejor dicho es un muerto viviente. Como no llega a alcanzar el nivel que se autoexige y que se espera de él, se frustra, se agota, se deprime y deja de vivir.

Se olvida del tiempo. No disfruta, se olvida de conectar con su niño interior. Todo es un mero trámite porque el foco está en el rendimiento. Las relaciones ya sean de amistad o de pareja son efímeras, o hay incluso gente que las rechaza, por que no tienen tiempo y las apartan de su vida laboral.

Su obsesión por seguir produciendo es tal que, aunque caiga enfermo, es capaz de parchear su dolor con los fármacos más potentes. Parches que la industria farmacéutica nos aporta para seguir rindiendo. El ahora es lo que cuenta. Nos parcheamos también a través de las redes sociales que nos sirven para maquillar nuestra realidad.

Estamos en la época de la sobreexcitación y la espasticidad. Estamos tan tensionados que nos olvidamos del yo consciente para vivir en una idealización de nuestra vida. Han habla del “yo ideal” para decir que vivimos con la sensación de somos capaces de todo. No hay nada que nos pueda separar de nuestro sueno por nulas capacidades que tengamos.

Distorsionamos lo que es real de lo irreal. Lo virtual está tan presente que ya nos sabemos qué es verdad y qué es artificial. Según un estudio reciente, los bots representan entre un 21% y un 29% de todo el contenido de Twitter que se genera en Estados Unidos, y con intención bastante dudosa.

Somos libres y esclavos a la vez. Nos autoimponemos el no parar, pero cuando vemos que no logramos lo que buscamos, la decepción es patológica. La depresión y el agotamiento físico son el pan nuestro de cada día.

Curioso círculo vicioso en el que la sociedad dicha moderna se encuentra atrapada. No es de extrañar que cuando te despiden, tu mundo se paraliza. Tu tiempo no fluye rápidamente, no sabes que hacer sin producir y tu sensación de abandono es mayúsculo. La sociedad no tiene tiempo para ti. Si tienes 50 o más, ya no eres nuevo. Para el sistema ya no rindes como antes.

Somos la sociedad del ruido, del consumo irrefrenable, del narcisismo digital, de la pasividad, de la glotonería refinada y de los parches contra el dolor.

Pero también somos la sociedad de gente con ganas de cambio. La pandemia nos ha servido de catarsis para dejar atrás como estábamos viviendo o mejor dicho mal viviendo. La gente ha empezado a replantearse la maneja de trabajar, a valorar su tiempo, a vivir en un entorno saludable y a cuidarse por dentro.

¿Es acaso el principio del fin de la sociedad del rendimiento? La gran renuncia al trabajo en Estados Unidos, el impulso de la agricultura regenerativa, el impacto positivo neto en las empresas o el refuerzo de las humanidades para hacer frente a la digitalización son algunos de los cambios que veremos en próximas décadas. A diferencia de Han, yo soy optimista porque el ser humano es capaz de cambiar su realidad.

El cambio empieza por uno. Es importante la toma de conciencia de cómo estamos viviendo y cómo queremos vivir los últimos 30 años de nuestra vida.

¿Cuáles son tus prioridades, qué no esas haciendo que te gustaría hacer, qué puedes hacer para retomar mi “yo real” y las riendas de tu vida?

 

Ilustración: Simon Prades (simon_prades)

 

 

 

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Aquellos que hayan viajado recientemente a cualquier ciudad del mundo, se habrán dado cuenta de lo que se parecen las ciudades entre sí.

Podemos encontrarnos desde las típicas franquicias de ropa, el mismo tipo de comida, las grandes cadenas de hoteles, cafeterías o supermercados, que tienen el mismo sistema pero con nombres o etiquetas distintas.

Hay muchas ciudades que incluso parecen parques temáticos, como si se trataran de un producto más de entretenimiento y unas se van copiando a las otras.

Hay incluso ciudades que se han creado de la nada, sin historia previa. Las Vegas es un claro ejemplo de ciudad de cartón piedra, ficticia, convertida en un gran teatro donde el objetivo es entretener y ofrecer experiencias.

Es la victoria de la falsificación, la copia frente al original, que además no cierra nunca para poder seguir alimentando la sensación de falsa libertad a sus visitantes y ciudadanos.

La última de las ciudades en incorporarse a esta cultura de la ficción es “The Line” en Arabia Saudita. Se va a construir en pleno desierto y tendrá 500 metros de alto, 200 de ancho, 170 km de largo. Me imagino que una vez acabada, la ciudad tendrá el sello de la cultura internacional y podremos comprar lo mismo que en cualquier lugar del mundo.

Vicente Verdú ya nos habló en su día de la tendencia de nuestro mundo a la homologación. La diversidad es sólo en apariencia porque lo que abunda es lo idéntico, para que podamos comprar allá donde vayamos.

Esta uniformización que nos quieren imponer, podríamos decir que aplica tambien al ámbito social donde el diferente es etiquetado de raro, de asocial.

Lo que cuenta, como diría un marketiniano, es “impactar” y seguir entreteniendo al “personal” a pesar de que sus vidas no sean un mar de felicidad.

Si además esos productos que vemos por doquier, tienen su marca en inglés o han sido avaladas por  alguna institución o por un sello americano,  aunque no lo has oído en tu vida, mucho mejor, más copiable aún.

Catar, otro paradigma de la cultura de la ficción, nos mostró recientemente a ciudadanos del país, que no cataríes de origen, desfilando por las calles de Doha, ataviados con las camisetas y banderas de las distintas selecciones, como si de sus hinchas se tratara. La falsificación de hinchas es una prueba mas que para convertir el mundo en un gran supermercado, necesitamos homologarnos.

Hoy escuché a un fan de Argentina que tuvo que vender su coche, dejar su trabajo y pelearse con la novia con tal de ir al mundial a ver a su equipo. Su necesidad de ser “libre” y “feliz” por unos días, le va a confortar al menos por unos días hasta que tenga que volver a la cruda realidad.

El «pan y circo» es más necesario que nunca para entretener a las masas, para que sigan consumiendo, olvidando sus penas y sobre todo no protesten. Incluso si protestan ante una adversidad insoportable, el futbol estará ahí para amansar a los gobernados.

El sistema puede parecer insoportable, pero creo que se puede, y se debe, hacer un esfuerzo por salir del salir del “rebaño” de vez en cuando.

Creo que para discernir entre lo ficticio y lo real, tenemos que poner freno al ritmo que llevamos para poder pensar y reflexionar. Volver a leer, trazar nuestro propio camino y rodearte de gente sabia y que te recargue de positividad.

 

Ilustración: @davidplunkert

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